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Unas vueltas por el cementerio.

¡Hermano!,  ¡Hermano!,  ¿Donde estas? ,  ¡Contesta!

Entre la inmensa nube de polvo y arena que me rodeaba escuchaba la voz de Konrad, que gritaba desesperado buscándome, sentía que me asfixiaba, y aunque tenía los ojos abiertos no veía nada.

Un gran peso en el pecho no me dejaba inhalar, estaba desubicado, pero podía percibir cada detalle de lo que estaba pasando,  sentía que todo pasaba en cámara lentísima, como en la escena inicial de la primera película de Deadpool. 

No sé cuánto tiempo pasó, deben haber sido solo segundos, para mí fue una eternidad, abría la boca tratando de respirar y lo único que  tragaba era arena, el aire no llegaba a mis pulmones, el peso en mi pecho no disminuía, por el contrario cada vez sentía más presión en la caja toráxica.

Eran más o menos las tres de la tarde de un sábado cualquiera,  vivíamos en La Molina año 1986, estaba feliz,  mi hermano y yo le habíamos comprado, en cómodas cuotas y sin inicial, el  arenero tubular a Frank, quien a regañadientes y por presión de su señora,  nos lo había entregado el día anterior, era uno de sus juguetes favoritos.    Además de las llantas anchas, nos entrego  un par de llantas muy grandes, el decía que eran de avión.

Ese sábado mis Papas habían invitado a un par de Tíos a almorzar a su casa, yo invite a la que años después sería mi señora, me levante temprano y con mi hermano le cambiamos las llantas al juguete, le quitamos las de camioneta y le pusimos las de avión.

Era casi mediodía, me bañé, y me puse muy guapo para ir a traer a mi novia.  Bajé por ella  a San Borja y regresamos  a  La Molina.

En esa época,  a mi Papá se le dio por hacer Pizzas caseras,  no sé de dónde saco la receta de la masa, -y no sabemos tampoco  donde quedo la receta- pero le quedaban espectaculares.

Estaban mi Papá mi Mamá y mis tíos en la cocina haciendo Pizzas.   Mi hermano y yo  muy entusiasmados con el juguete nuevo,  queríamos ir a probarlo con sus llantas de avión.

Nos mudamos a La Molina a inicios de los ochentas, era muy distinto el Distrito a como es hoy día.  Donde está hoy  el cementerio  “Jardines de la Paz” era un cerro con dunas de arena.  Solo había unas pocas casas en la parte baja  del  cerro.    Estaba muy tranquilo y solo. Casi no pasaban autos por ahí.

En lo que salen las Pizzas  vamos a probar el arenero a las Dunas –le digo a mi hermano-

-Vamos me contesta- , el juguete solo tenía dos asientos.

Ahorita venimos le digo a la que todavía no era mi prometida, pero que unos años después sería mi compañera de vida.

La cocina estaba en la parte delantera de la casa, no había forma de salir sin que te vieran.

-¿A dónde van?- grita mi Papá por la ventana.

-A la gasolinera – a ponerle aire y  gasolina al arenero.

¡Desháganse de esa porquería!, -es muy peligrosa- nos dice por la ventana.   Ya nos lo había dicho la noche anterior cuando llegó y la vio estacionada en la cochera, se van a matar en ese adefesio.

Salimos de casa, fuimos a la gasolinera que estaba debajo de lo que hoy es el cementerio, le medimos la presión  de aire a las llantas y pusimos gasolina.  Subimos por la callecita que más nos acerco al cerro y por la arena empezamos a subir, primero una parte más o menos plana, después otra con una pendiente un poco más pronunciada,  hasta llegar a la parte más alta.  La vista era espectacular.  

La subida fue rápida y fácil.  Nunca habíamos tenido y menos manejado un arenero, obviamente no traíamos cascos, y el juguete no tenía ningún tipo de protección, era una jaula con motor de Volkswagen  y llantas, ni cinturones de seguridad tenia.

 -Ya vámonos-  yo manejaba, empezamos a bajar, decidimos usar un camino diferente al que usamos para subir, desde arriba se veía una explanada larga de arena, piso el acelerador,  la pendiente nos ayudaba a ir más rápido.  De repente nos topamos con una zanja, seguida por  un montículo de arena. 

El arenero con sus llantas de avión empezó a volar, dio un salto grande y al caer empezó a rodar, no sé cuántas vueltas de campana nos dimos, después de la primera vuelta ya no sabía que era arriba y que era abajo, solo arena y polvo, nos aventamos así medio cerro de bajada.

Hasta que dejamos de rodar.

Estaba aturdido y abrumado, como la canción de José Feliciano, pero no por la duda de los celos, sino porque no terminaba de entender que había pasado, cuando escucho:

¡Hermano! ¡Hermano! ¿Dónde estás? Varias veces.

Yo sentía que me asfixiaba, todo pasaba en cámara lenta, entre la nube de  arena me di cuenta que estaba tirado en el piso con el tubo de la jaula del arenero aplastándome el pecho, el peso  no dejaba que respire. 

Ya me morí –pensé-, mi Papá -como siempre-  tenía razón cuando al salir nos dijo: se van a matar en ese adefesio.

Seguía escuchando los gritos eufóricos de mi hermano, no tenia aire para contestarle,  cuando por obra  de la gravedad, o quizás porque nadie se muere cuando no le toca, el arenero se endereza. 

La vocecita en mi cabeza, que era lo único que escuchaba además de la voz de mi hermano, me decía: ¡respira o te mueres!

La primera bocanada fue la que más me dolió, sentí que el aire con arena que entraba raspaba mi garganta hasta llegar a despegar mis pulmones.

Se acerco mi hermano corriendo,  el había salido despedido del auto en la primera vuelta  -no te muevas- me dice, yo estaba echado mirando al cielo.

¿Puedes mover las piernas?  Traté con la derecha y si pude,  traté de mover la izquierda y también pude, -estoy bien- le dije.   

Seguía echado en el piso, tenía arena adentro de los ojos,  atrás de los parpados, en la boca,   los dientes negros,  el pelo blanco, sentía la arena hasta dentro del calzoncillo.

Me voy a levantar para regresar a la casa, -despacio me dice- empiezo a levantarme siento algo extraño en el  hombro izquierdo, me toco con la mano derecha y siento un bulto en la parte delantera,  me volví a recostar, – no te muevas me dice- estábamos como a unos 100 metros de la calle más cercana, por la que no pasaba ni un auto.

Fíjate si arranca el arenero- le dije-.   No prendió.

-Ya vengo no te muevas-,  subió y bajo el cerro no sé cuantas veces, hasta que encontró un taxista que pasaba por ahí, y lo convenció de que nos ayude.

Regresó, y con mucho cuidado y miedo de que yo tenga más piezas rotas por dentro,  me ayudó a levantarme y bajamos caminando.   El taxista nos llevo hasta la casa de mis Papás, al vernos entrar  en calidad de milanesas de arena,  y yo con el esqueleto medio desensamblado mi  Papá nos agarró a gritos.   -Les dije- fue lo primero que escuché.

Me acuerdo de mi Mamá corriendo a sacar una muda de ropa limpia para ir a la clínica San Felipe.

¿De nuevo tú? Me dijo el buen Doctor Eduardo al verme entrar por emergencia.

Conforme se enfriaba el cuerpo las fracturas empezaban a doler mas, no era la primera, ni sería la última, que me rompía un hueso.

El saldo fueron una clavícula, tres costillas y el esternón.

En menos de 48 horas el arenero se fué de mi casa, nunca más fuimos a dar vueltas al cementerio.

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