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IGUALITO COMO SALÍ.

IGUALITO COMO SALÍ.

Sábado por la mañana, 1984 o 85, me habían regalado un par de amortiguadores para ponerle al Camaro, un auto viejo del 67, no era muy seguro, pero corría mucho, en ese auto aprendí a dar trompos, no por que quisiera ser piloto de drifting, sino por necesidad. 

Se le malograron los calipers delanteros, dijeron en el taller que estaban “picados”, yo no tenía dinero para comprar nuevos, y un mecánico me dijo que podía usarlo, -si no iba rápido-, con un truquito, anularle los frenos delanteros bloqueando las tuberías.  El auto con las llantas traseras frenaba.  Pero solo si ibas muy despacio, si aumentabas la velocidad el camaro se ponía de lado, si ibas muy rápido empezaba a dar trompos, al principio me asustaba, después aprendí a controlarlo y me divertía, lo hacía adrede.

Un día encontré un par de calipers usados y se los cambie. Ya no daba trompos.

 Nunca le había cambiado los amortiguadores traseros, la verdad casi no los necesitaba, cuando lo compramos copiamos unas barras que se ponían en los muelles traseros y no los dejaban hacer su función, trancando la suspensión trasera, el auto se ponía muy estable, pero rebotaba con cada bache.

Ese sábado levante el auto para aprender a cambiarle los amortiguadores, le quite las barras, y aproveche para pintarlas de amarillo, nunca le quite los amortiguadores, la tarde me ganó, la pintura de las barras estaba fresca, así que no se las puse, -mañana termino-.

Cuando bajé el auto del gato para estacionarlo bien en la cochera sentí que el asiento del piloto se movía, lo revise y vi que el respaldar tenía un pasador flojo, no era mi intención usar el auto en la noche, iba a salir en la camioneta beige, así que no lo toque.

Mi plan era ir al cine, de ahí a comer un sanguche de pollo al Oscar´s, dejar a la mujer de mis sueños en su casa cerca de medianoche y regresar a descansar para al día siguiente terminar mi labor de aprendiz de mecánico autodidacta con el Camaro.

Como a las 7 de la noche, mi hermano me pregunta si iba a usar la camioneta, le digo que sí, me dijo que quería salir, le conté que el Camaro estaba sin las barras traseras, y que casi no tenía gasolina, que si no iba a ir lejos lo podía usar, pero con cuidado.

Vas a usar el equipo? Me preguntó, -no, voy al cine y no quiero cargarlo-.

El equipo era el estéreo del auto, un tocacassete, un radio, un par de amplificadores y un ecualizador, Pioneer, montado en un riel metálico llamado Doggy, para poder quitarlo fácil y no dejar tentación a los amigos de lo ajeno, cuando te bajabas del auto.  Era una torre, que sonaba espectacular, pero bastante estorbosa a la hora de cargarla.

Lo podíamos usar en el Camaro o en la camioneta.

Me fui, el también.

Después de ir al cine El Pacifico fuimos al Oscar´s por el mejor sanguche de pollo con mayonesa en pan roseta que existió en el Perú, dejé a mi novia en su casa y me fui a la mía.

Serian como la una de la mañana, ya había llegado a mi casa y estaban mis hermanas en la sala, no estaba el camaro en la cochera, mi hermano no había vuelto.   Me senté con mis hermanas a contarles la película que había visto.

Al rato veo entrar a mi hermano, con el estéreo en la mano, me llamo mucho la atención porque no escuche el auto, y porque generalmente no lo bajábamos cuando el auto estaba dentro de la cochera en casa.

-Donde está el auto? ¿Y por qué bajas el equipo?

No me contesto, caminó hasta donde estábamos, había un espejo en la pared de la sala, se acerca y mirándose la cara dice:

-¡Igualito como salí!-

– empezó a no gustarme el asunto, – de nuevo le pregunto, ¿Dónde está el auto?

– se me bajo una llanta, me contesta.

Tenía llanta de repuesto y herramientas, ¿por qué no la cambiaste?

-es que fueron dos llantas-

Definitivamente algo andaba mal.

Vamos por él.  Súbete a la camioneta. –ya regresamos-, les dije a mis hermanas y nos fuimos.

¿Dónde está?

-Por la Recoleta. –

Llegue al cruce de la Javier prado con la avenida de la molina, del lado de la Javier prado, no lo vi, el colegio de La Recoleta está en una esquina que hace una especie de triangulo entre la avenida Javier Prado y la Av. Golf los incas, llegue al ovalo de la de lima, y me regrese hacia la molina, esta vez en lugar de seguir derecho por la Javier prado me abrí hacia la derecha por la av. Del golf, la iluminación de esa calle, en esa época era muy mala, pasé y tampoco lo vi.

-¿estás seguro que fue por acá?,  si me dijo.

-ya se lo robaron –le dije-

-no se lo pueden haber llevado, tenía las cuatro llantas bajas. Me dijo.

Se me pararon los pelos de punta, definitivamente no te podías llevar ese armatoste con las cuatro llantas reventadas.

Vamos a dar una vuelta de nuevo, esta vez, hicimos en mismo recorrido, pero a 20 km/h, en la segunda vuelta vi que había bien pegado al muro del colegio un árbol caído, me detengo a ver y ahí en la parte más oscura de la calle estaba el árbol, un eucalipto bastante grande caído y abajo el auto aplastado.

No había mucho por hacer, ahí lo dejamos, nos fuimos a la casa, mi hermano no tenía nada.  Pedimos una grúa. Nos dijeron que a las 6:30 podían ir por el auto.

Cuando llegué, había dos curitas parados al lado del árbol caído mirando el interior del auto, con su rosario en la mano.

Me acerco, al verme me preguntan si el auto era mío, les dije que no, que era de mi hermano.

-Tiene que pagar el árbol que ha tirado me dice el padrecito más joven, -ok- cuando sepa en qué hospital está mi hermano se lo haré saber- le contesto.

-¿El chofer esta malherido? Me pregunta el padre mayor.

-No lo sé padre, nos llamaron a avisar que el auto estaba acá pero no sabemos nada más.

-me voy a ir tres veces al infierno por romper el octavo mandamiento tres veces seguidas-, pensé, pero ya tenía bastante con lo acontecido la noche anterior.

-No te preocupes, ojalá todo salga bien, ve con Dios, me dijo el cura mayor.  Nos tardamos un buen rato en quitar el árbol de encima del Camaro, amarrarlo de alguna manera a la grúa y arrastrarlo (literalmente) hasta la cochera de la casa.

Un par de semanas después en la salida de la urbanización donde vivíamos en La Molina me encuentro con un amigo, me pide si lo puedo llevar hasta la U. de Lima, con gusto le digo. 

¿Y cómo está tu hermano?  –me pregunta-

-Bien, ¿por qué?

-¿No le paso nada grave en el choque?

¿Y tu como sabes del choque?, no le habíamos contado a nadie, es que yo estaba en el auto con él.  En ese momento entendí por qué había un par de abolladuras en el tablero de metal del lado del copiloto.

Me conto que venían bastante rápido por la Javier prado, acelerando sin quitar la pata del pedal, hasta que llegaron a la cuchilla donde la pista se dividía, por la derecha hacia el golf, por la izquierda seguías por la Javier prado, mi hermano decidió agarrar la derecha un poco tarde, acostumbrado a que el auto este con la suspensión trancada, y al estar sin las barras no lo pudo controlar, se subió a la vereda,  paso por encima de un par de muros de contención de cemento y como 50 metros más adelante termino estrellándose contra el árbol.

-Felizmente se rompió el respaldar del asiento del piloto- me dijo, sino el timón lo hubiera matado, efectivamente el timón estaba prácticamente en el vidrio posterior del auto.

Qué bueno que no le cambie el pasador el día anterior.

Regresó igualito como salió.

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