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Tratar de pescar con redes.

Aprendí a comer pejerreyes, bonito, lenguado, pulpo, conchitas de abanico, choros y algunos otros bichos de mar desde muy chico, gracias a que vivíamos en La Punta (el mejor lugar para vivir).

En 1977 mi hermano tenía 12 años, yo 13.

Los que vivimos cerca al mar en algún momento de nuestra vida sabemos que en semana santa por lo general el mar se pone bravo.
Teníamos un bote a remos, una chalana, -el típico bote de pescador de la zona-, y unas redes de pesca, un tramayo y una cortinera. Mi abuela paterna, vivía a media cuadra de mi casa, en el primer piso de una casa antigua. La cochera de esa casa, la usaba mi Papá. Ahí se guardaban entre otras cosas, el bote y las redes, el único que tenía llave de la cochera era mi Papá.

La playa más cerca de mi casa -a media cuadra- se llama La arenilla, es una posa cerrada por dos rompeolas que se unen entre sí, por un dique de pequeñas piedras que el mar se encarga de mantener. Esa playita de piedras los locales la conocen como la islita de Guilligan.

Podías llegar nadando, o en bote. Si no tenías uno alquilabas el servicio de algún chalanero local, ellos tenían ahí fondeadas sus chalanas y hacia el servicio de taxi marino a la isla.

En la punta del rompeolas que está más al norte rompían los tumbos y a veces se formaba una ola no muy grande que se podía surfear, había que tener cuidado con “la pelona”, una roca grande que estaba justo en medio del camino de la ola.
La islita tenía dos orillas, la interior que da a la posa de La Arenilla y la que daba para afuera hacia la mar brava.

A un par de Chalaneros mi Papá les prestaba las redes y en agradecimiento si tenían buena pesca nos regalaban algunos de los bichos que mencioné al principio.

Sábado santo, mi hermano y yo nos levantamos muy temprano, queríamos ir de pesca. Mi papá y mi mamá se levantaron también temprano, pero ellos no querían ir de pesca, tenían que ir al mercado del Callao a hacer las compras para la semana.

-Voy con su madre al mercado y regresando veo si el mar está tranquilo, mientras se quedan cuidando a sus hermanas, pórtense bien. Ya venimos, -se fueron como a las 8:30 de la mañana-, eran como las 10:30 y no regresaban, se me ocurrió la idea de ir preparando el bote y las redes, para que cuando regresen este todo listo, expedito, para ir por los peces.

Primero lo primero, no teníamos llave de la cochera donde estaba guardado el bote, pero sabíamos que desde adentro era posible abrir la puerta quitando unos cerrojos que permitían empujar las puertas hacia afuera sin tener que quitar la llave. También sabíamos que desde la casa de mi abuela en el patio interior había una ventanita que se comunicaba con la cochera.

Estábamos listos, íbamos a visitar a mi Mamama y mientras uno de nosotros la distraía el otro se filtraría por la ventana y quitaría los seguros de la cochera. Así lo hicimos. Nos robamos el bote y las redes.

Nos encaminamos a la arenilla, mis papás aún no regresaban, nuestras hermanas estaban con las empleadas, casi todos mis tíos y tías vivían en la punta. No debería haber ningún problema si nos escapábamos un rato.

-Vamos, echamos las redes, las dejamos trabajando y después vamos con mi Papá a recogerlas. Con todos los pescados que vamos a sacar, mi Papá va a estar contento. -decíamos-. No tiene por qué molestarse.

Echamos el bote a la posa para remar hasta Guilligan, y ahí cruzar la chalana sobre las piedras de la playa hacia la mar brava. Estábamos en eso cuando viene uno de los chalaneros y nos pregunta que a dónde íbamos, le contamos nuestro plan, nos dijo que estábamos locos, que el mar estaba muy bravo que era imposible. ¡No nos molestes, arrímate, nos vamos! nos subimos al bote, mi hermano en un remo, yo al otro como nos enseñó mi papá desde chicos. El Chalanero nos gritaba desde la orilla que regresemos, que era una muy mala idea continuar con nuestra empresa.

Llegamos a Guilligan, no había nadie en la playa, estaba ventoso el día. Bajamos las redes para poder cruzar el bote más rápido hacia la mar brava, arrastramos el bote sobre las piedras y lo llevamos a la otra orilla, los tumbos venían fuertes, pero no reventaban, golpeaban en la orilla y se retiraban, cargamos las redes en la chalana, mi hermano se sentó en los remos y esperamos, cuando subió la ola a la orilla, esta solita jalo el bote al mar, salte dentro y de un brinco ya estaba en mi remo, pasamos la resaca y listo.

El plan era salir un poco atrás de la punta del rompeolas donde se surfeaba, colocar el tramayo, después un poco más lejos la cortinera paralelos al rompeolas, y regresar a la casa por mi Papá.
Estábamos llegando al lugar donde pondríamos la primera red, los tumbos venían en rachas cada vez más grandes. -creo que esto es una muy mala idea, el mar se está poniendo más bravo, vámonos para afuera mejor -me dice Konrad, -a veces era un poco más consciente que yo-.

Las redes y sus plomos, estaban en la popa de la chalana, dentro de un compartimento separado por una tabla que dividía el bote en dos, para que no se muevan por todo el fondo. Las olas ya reventaban cerca de la orilla, había que pasar la reventazón para llegar a la islita.

-Hay que agarrar una ola que nos lleve hasta la orilla-, no había muchas opciones, rema fuerte me decía mi hermano, no dejes que se ponga de lado el bote, -si nos volteamos mi viejo nos va a sacar la mierda-. Nos metimos a la zona de la reventazón, estábamos listos, bien agarrados con ambas manos cada uno a su remo, los remos levantados para recibir el primer impulso de la ola y después seguir remando hasta la orilla, las redes delante de nosotros en la popa, y nosotros de espaldas a la orilla con la proa atrás.

Cuando lleguemos a la orilla sube el remo, salta y sujeta el bote, no dejes que la ola lo arrastre y se lo lleve, con la siguiente ola lo subimos un poco más y así hasta estar completamente afuera.

Vimos como desde atrás se levanta un tumbo y a unos metros de nosotros empieza a reventar la cresta, la parte de atrás del bote se levantó tanto que pensé que nos iba a caer encima, rema fuerte para que no nos voltee, nos reventó prácticamente encima, entro un poco de agua y nos empezó a llevar haca la orilla, íbamos bastante rápido muy concentrados, cada uno con su remo para que no nos ponga de lado la ola y nos voltee.

Ya vamos a llegar, ¿estás listo? no había terminado de decir la frase cuando sentimos el golpe de las piedras contra el frente y el fondo de bote, nos habíamos estrellado contra las piedras de la orilla, –¡sube el remo, salta¡- me dijo y ambos así lo hicimos , cada uno de su lado, la ola que nos había traído de un modo no muy amable , en cuestión de segundos nos quería llevar de regreso al mar, estábamos bien agarrados de las chumaceras del bote, parados en la orilla, haciendo nuestro máximo esfuerzo, esperando que nos auxilie la segunda ola para subir la pendiente de piedras, cuando del otro lado de la orilla de Guilligan llegan el Chalanero y mi papa al rescate, entre los cuatro subimos el bote. Llegamos a la orilla de la arenilla, que cara de enojo tendría mi Papá que algunos vecinos, -que se acercaron a ver qué pasaba – le decían, no te preocupes, ¡hay que dar gracias que no les paso nada!
Los preocupados éramos mi hermano y yo, nos castigaron por el resto del año por irresponsables y desobedientes

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