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Historias

Año 1990

Corría el año 1990. Un día una buena amiga y colaboradora del trabajo, tuvo la gentileza de invitarme a la primera comunión de su hija.
– Es el sábado en la tarde, espero que vengas a casa.
– Claro, con mucho gusto.
Mi señora estaba embarazada y me dijo que no se sentía muy bien, que prefería no ir.
Ok, voy yo solo. Regresa temprano, no tomes y no corras –me dijo-.
La misa fue a mediodía, en San Martin de Porres, y después fuimos a su casa a la fiesta. Ya entrada la noche, decido emprender el regreso a casa, era cerca de la una de la mañana, la fiesta estuvo muy entretenida.
Me subí al auto, y aunque sabía que regresar por la avenida Perú, cruzar el Rímac y agarrar circunvalación me llevarían más rápido a La Molina, decidí agarrar la Av. Perú, en la Av. Universitaria doblar a la derecha y seguir hasta la Av. De la Marina, Javier Prado y La Molina.
Iba por la Universitaria, no me acuerdo muy bien si ya había pasado la Av. Argentina, cuando veo que me desvían por unas callecitas, el sitio estaba bastante feíto. De pronto siento que el timón me jala para la izquierda, saco la cabeza por la ventana para mirar y veo que la llanta delantera izquierda estaba muy baja, casi totalmente desinflada.
-No puede ser!! – yo sabía que no traía llanta de repuesto, se había roto en la panamericana sur la semana anterior porque pisé unas piedras de esas que ponían pintadas de negro en la noche para que pares y asaltarte, yo no paré, seguí rodando varios kilómetros hasta que llegué a una gasolinera y la cambié. El repuesto estaba destrozado y no lo repuse.

Avance media cuadra, del lado izquierdo de la calle había un barcito, el sitio estaba cada vez más feo, pero no tenía muchas alternativas, necesitaba llamar por teléfono a alguien para que me rescate, no había celulares, así que decidí detenerme y entrar al bar a pedir que me alquilen el teléfono.

Estacioné el auto. Me bajé y entré.
Era un lugar con piso de tierra, un techo de esteras y una rocola, iluminado por un par de florescentes blancos. Estaba sonando un valsecito criollo, me acuerdo bien la canción, creo que fue uno de los primeros valses que me aprendí:
Juanita se llamaba, mi amor mi idolatría, la única alegría, que reinaba en mi vivir…

Había unas 15 mesas, la puerta del baño estaba donde siempre están los baños, al fondo a la derecha, al lado del baño había un mostrador hecho con un mueble viejo, que en sus buenos tiempos debió ser algún aparador de alguna casa bonita, hoy era cualquier cosa.

Entro, cruzo el local, hasta el mostrador, los borrachos de las mesas voltearon a mirarme, yo estaba completamente fuera de lugar, con saco y corbata.
– Disculpe, ¿tiene un teléfono que me preste o alquile?
– Ahí está, me contesta el cantinero, señalando el teléfono sobre el mostrador en tono burlón.
– Volteo y lo veo, atrapado en una jaula metálica atornillada al mostrador, para que no se lo roben, era de esos teléfonos grises medio verdes viejos de disco. Traía el candado puesto en el disco de marcación.
– No tengo la llave, la tiene mi hermano y no está.
– No importa, le digo, yo puedo marcar, solo cóbrame la llamada.
– Si puedes llamar son 2 soles.

Me acorde que el Oso alguna vez me enseñó a marcar sin usar el disco, tenías que descolgar el teléfono, esperar la línea, y apretar rápidamente el botón de colgar el número de veces seguidas de cada número del teléfono que querías llamar, -dejando un pequeño lapso de tiempo entre número y número-, era casi como usar una llave de morse.

No era muy difícil, pero si te equivocabas tenías que repetir todo el proceso desde el inicio. Felizmente los números de esa época solo eran de 6 dígitos, por ejemplo, si querías marcar 356789, tenías que descolgar, pulsar tres veces seguidas el botón de colgar, dejar un ratito de pulsar y pulsar seguidamente cinco veces el botón de colgar esperar y así sucesivamente.

Estaba concentrado tratando de llamar a mi hermano para que venga a ayudarme, cuando de repente escucho que me hablan de una de las mesas que estaba más cerca:
– ¿Gringuito de mierda que haces acá?
– Me hago el sordo, y sigo apretando el botoncito.
– Te estoy hablando maricón de mierda! Me dice. Y se levanta de su silla. Eran tres en la mesa.
– Volteo y le digo, tranquilo, no pasa nada, solo necesito hacer una llamada y me voy.
La rocola seguía sonando, se repitió la misma canción.
La letra decía en ese momento: conformidad le pido al redentor para calmar mis penas. Yo le pedía cabeza fría para manejar la situación sin tener que acabar a los golpes con nadie.
– Se levantan los otros dos.
– Ya se armó la cagada pensé, les volví a decir: -tranquilos, no quiero problemas, solo necesito hacer una llamada y me voy.

El que pega primero pega dos veces, me enseño mi mamá, pero también aprendí que la mayoría de las veces es mejor no pelear, estaba yo planeando como salir entero de ahí sin tener problemas, cuando de una mesa que estaba un poco más lejos escucho una voz que dice:
– Déjenlo tranquilo, no les ha hecho nada. Miro y había como seis fulanos en esa mesa.
– Volteo a verlo y le digo, no te preocupes, yo solito puedo, además no te conozco y no necesito tu ayuda. Gracias.

– De repente no te acuerdas de mí – Levanta su brazo izquierdo y mostrando su muñeca me dice:
– Pero, ¿de tu reloj si te acuerdas?
El mundo es muy pequeño, casi lloro al ver el G-shock.

Un par de cajas de cerveza después me despedi de nuevo de mi reloj , subí a mi auto y me fui.
Los locales me arreglaron la llanta.
Me ahorré dos soles.

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