Categorías
Historias

El tontódromo, en viernes sangriento, Frágil. 1981.

Inicio de los años ochentas.

Vivir en Lima era diferente.  El tráfico, la seguridad,  ir a restaurantes que te atendían al auto, -en bandejas que colocaban en los vidrios-, sin tener que bajar. Los sanguches del Oscar´s, los zambitos del Bar B.Q., el Ice Cream Soda del Tip-Top,  El D´onofrio en San Isidro, son algunos de los que me acuerdo. 

Primera parada, Av. Ricardo Palma y El Zanjón, La Resaca, licorería famosa por sus vodkatonics,  ni los rusos vendieron tanto vodka en los ochentas.   En La Resaca  vendían tragos preparados,  -con  dolor de cabeza incluido-.    Un mostrador que daba a la calle,  un local al lado del mercado de Surquillo,  muchos lugares para estacionar.   Tras el mostrador un ejército de bármanes con un ejército de licuadoras, un montón de hielo, media botella de algún alcohol que sabe Dios si era vodka, un chorro de azúcar y acido cítrico, todo bien licuado a punto de raspadilla, podías pedir que te lo entreguen en un pote de plástico descartable de litro, o en cuatro potecitos de un cuarto de litro, todos con su cereza.  La tapa traía un huequito para la K-ñita (popote), todo lo ponían en una bolsa plástica con sus servilletas  y te lo entregaban para que lo tomes en tu auto.

Estabas listo, como decía la canción: pues es viernes sangriento, pues sus casas dejaron, buscan unas muchachas, están embalados en tragos.

Segunda parada del circuito:  El Pico de Oro. Por la Av. Pardo, Comandante Espinar, Pardo y Aliaga hasta Miguel Dasso.  Ahí había un restaurante, no sé si exista todavía, El Pico de Oro, te estacionabas en segunda tercera o cuarta fila.   Después de un rato de escuchar música de muchos KP500s a todo volumen, te subías al auto de nuevo, y seguías en la ruta del tontódromo. Av.Cavenesia, Ovalo Gutiérrez, Espinar, Pardo, Diagonal, San Martin hasta ver una luz reflejada,  a
las modelos mirando a la nada  -las maniquíes de las vitrinas de las tiendas-,
es viernes sangriento, aquí pronto habrá movimiento.  Los cazadores iban y venían,  buscando presas por la ciudad, sus motores rugientes en pleno,  llegaban a Larco a manifestar.

En Larco podías ver el desfile de las que eran presas, ellas también venían, sabían lo que tenían que exponer, faldita a la moda, jean apretado, llegaban de todos lados.  Entraban en la noche,  marcaban los tonos,  se subían al coche,
estaban preparadas a todo.

Ese viernes ya teníamos varias vueltas al tontódromo, con sus respectivas paradas de reabastecimiento en la Resaca,  éramos 4 o 5 en un Volkswagen, uno de mis amigos por alguna razón que no recuerdo, esa noche había traído un bastón.

El tontódromo se estaba poniendo medio aburrido.

Estábamos pasando por el parque Kennedy, cuando a mi primo se le ocurre una idea-

– ¡vamos a estacionarnos a la vuelta!-

¿Para qué? Esto está muy aburrido, mejor vámonos por unos sanguches de pavo a barranco y de ahí, calabaza, cada uno a su casa -sugerí yo-.

¡No!, vamos a estacionarnos a la vuelta. Les va a gustar mi idea. -insistió mi primate-

Así lo hicimos, nos dimos la vuelta por Ricardo Palma y en alguna bocacalle dejamos el Volks estacionado.

Nos bajamos y nos fuimos caminando a la avenida Larco.  Mi amigo el dueño del Volks traía unos Wayfarers Rayban en la guantera, mi primo los cogió antes de bajarnos.

Nos fuimos al semáforo que estaba en la esquina de Cantuarias con Larco.

Mi primo se puso los lentes oscuros y con el bastón en la mano se paro en la esquina a esperar que el semáforo cambie de color de rojo a verde, justo a la mitad de la luz ámbar empezó a cruzar la calle actuando como si fuera ciego.  

Se tardo una eternidad en cruzar,  los autos que estaban en el semáforo no se movieron, el semáforo se volvió a poner en luz roja.  El asunto se ponía divertido.

Repitió la cruzada varias veces, la fila de autos se hacía cada vez más larga en Larco, cada vez se demoraba mas en cruzar, algunas veces no solo cruzaba sino que a la mitad de la calle, cuando la luz estaba por ponerse verde decidía no cruzar y regresar a la esquina donde empezó a cruzar.   Lo hacía con tal seriedad, que todos le creían su falsa ceguera.

Vamos a ponerle más emoción dijo.

El plan era hacer que uno de nosotros fingiera que no lo conocía y que se ofrezca a ayudarlo a cruzar la calle, que al momento de estar cruzando muy lento, casi esperando que la luz cambie a verde, el ayudante se vaya corriendo y lo abandone a su suerte en medio de los autos.

Uno de mis amigos se ofreció a hacer el papel del mal samaritano disfrazado de  buen samaritano.

Esperamos que el semáforo cambie un par de veces más, cuando vimos que la fila era un poco más larga iniciaron la operación “abandono al ciego”.

Como en la partida de la fórmula uno,  todos listos mirando el semáforo,  luz roja, la tensión aumentaba, el nerviosismo se sentía en el aire, cambió a naranja, 1,2,3 listo, llévalo a la pista,  lo agarra del brazo para ayudarlo a cruzar, casi cuando los autos estaban a punto de arrancar, empiezan a caminar muy lento.

 ¡Muchas gracias! Eres muy amable, le estaba diciendo el ciego al samaritano y justo en la mitad de la pista este le suelta el brazo lo mira y le dice:,

– ¡Hasta acá te ayudo,  a ver cómo te las arreglas solo!,

-¡Por favor no me dejes, Ayúdame! gritaba mi primo, – ¡Me van a atropellar!

 -El mal samaritano se paró en la otra esquina y le gritaba, ¡a ver cruza solo¡  burlándose del pobre ciego.

¡¿Por que me haces esto?¡  -Gritaba mi primo en su papel de ciego-,  los autos detenidos.  Los de atrás que no sabían que pasaba con el ciego en la primera fila tocaban el claxon mentando madres a los de adelante para que avancen, se empezó a armar un caos, el buen samaritano en su papel de malo seguía gritándole a pobre cieguito y burlándose de él, si hubiera habido algún crítico de la academia les hubiera dado un Oscar a los actorasos callejeros.

El semáforo se volvió a poner en rojo,

¡Auxilio, ayúdenme por favor!  -gritaba mi primo- mientras agitaba su bastón al aire-

La situación se empezó a poner cada vez más difícil.

En eso se bajan dos tipos de un auto, uno para ayudar al pobre ciego a cruzar y el otro para agarrar al mal samaritano para partirle su mandarina en gajos, el buen samaritano salió corriendo como si lo persiguiera el coyote y él fuera el correcaminos.

Como decía la canción de Frágil: Hay algunos que fallan, otros que no se mandan,  nosotros,  observábamos desde la esquina y  tomamos la sabia decisión de abandonar el juego, se había vuelto peligroso.

La madrugada llega al alumbrar, el fin de fiesta se acerca ya… (Avenida Larco, Frágil)

Nos encontramos con el correcaminos en el Volks y nos fuimos muertos de risa a comer unos sanguches de pavo al Peruanito en Barranco.

Hubiera sido un viernes sangriento si hubieran alcanzado al mal samaritano.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s