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Historia de G-Shock

Eran los años ochenta, estaba de moda ir a las Peñas a escuchar música criolla en Perú, un par de guitarras, un cajón, buena actitud y algunas chelas, eran lo mínimo necesario para pasar un buen momento.

Era época de terrorismo, vivíamos en toque de queda, Lo “normal” era que empezaba a la una de la mañana y acababa a las 6 am.  Estaba prohibido salir a la calle, no era seguro.

En mayo del 87, y como todos los años sucede, mi suegro cumplió años.  Muchas veces coincide su cumpleaños con el día de la madre, este año así fue, por lo que decidimos festejar ambos eventos el mismo día, un sábado por la tarde. Contratamos un grupo criollo para el almuerzo.

Llego Martin, el moreno que tocaba el cajón, y dos músicos más con sus guitarras. El almuerzo criollo empezó temprano porque había toque de queda.   El plan de terminar temprano se fue alargando, las canciones de Chabuca Granda, de Oscar Avilés, y de muchos otros no paraban de sonar, en eso me dice Martin:

  • Nos tenemos que ir, son casi las 12:00 de la noche y el ultimo ómnibus pasa por la Av. Javier Prado a las 12:30. 
  • Ok, no hay problema, pero en lo que cantaban la del estribo, y alguna más, y les pagaba se pasaron los minutos.  Los acompañe a la puerta para darles las gracias, y cuando miro mi reloj eran casi las 12:30.
  • Súbanse al auto, estamos a unas cuadras de la Av. Javier Prado, caminando no la hacen.  Yo los llevo para que tomen el ómnibus.

Como solo eran unas cuadras y había tiempo ni avise que estaba llevándolos, se subióGuichi conmigo al auto.

Llegamos a la Av. Javier Prado y no había ni un alma.  No pintaba querer aparecer el ómnibus y menos un taxi.

– ¿Dónde viven, o a dónde van?

-A La Victoria, por atrás del estadio del Alianza.

Mire el reloj de nuevo, un Casio G-Shock que acababa de comprar por 20 cocos, eran poquito más de las 12:30,  – Agárrense los voy a acercar lo más que pueda- pise el acelerador,  por la  Javier Prado, me metí al Zanjón  en dirección al centro de Lima, subí por la Av. México hasta el  Jr. Abtao,   ahí los planeaba dejar y regresarme por el mismo camino, pero como ya estábamos cerca y según yo tenía tiempo para regresar y llegar antes de la 1,  decidí dejarlos en su casa, son solo unas cuadritas másallá dijo Martin. 

Llegamos a su casa, se bajan, vuelvo a ver mi G-shock, 12:55 am. Puta no la hacemos, ni modo, nos regresaremos con la luz interior del auto prendida, muy despacio y con un trapo blanco por la ventana, obvio no teníamos un trapo blanco, así que le Pedimos a Martin que nos preste algún trapo de su casa.

-Quédense, es más seguro, no vaya a ser que les disparen los soldados, pasen, acá tenemos chelas, mañana temprano se regresan.

-Fuimos muy responsables y sin tener ninguna alternativa posible, decidimos quedarnos.

-Tienes teléfono que me prestes para llamar a avisar? Pregunte.

-No, el único teléfono del barrio es un RIN a dos cuadras y los malandros se han robado el auricular.

No había mucho más que hacer, cerramos el auto y entramos.

La casa estaba toda apagada, prendieron las luces y nos invitó a sentarnos en la salita, un sofá grande cubierto con una manta serrana grande.  Me senté, esto está un poco incómodo, pensé. 

No sé de donde trajeron dos cajas de chelas bien heladas, llegaron un par de vecinos del barrio, unas vecinas y se arrancaron a tocar.  Si hubiera habido Covid-19 estaríamos todos contagiados ymuertos.  No entiendo esa costumbre de provincia peruana de tomar todos del mismo vaso.   Se sirve el de al lado, te pasa la botella, se toma lo que se sirvió seco y volteado, tira el juguito del fondo del vaso al piso y te pasa el vaso para que hagas lo mismo.

El ambiente se ponía cada vez mejor.  El charco del juguito en el medio de la sala con los puchos flotando y los pollos de los vecinos se hacíamás grande cada vez.   Seguía yo incómodamente sentado en el sillón, cuando de repente siento que algo se movía, pegue un salto, y de abajo de la manta grande que cubría el sofá, justo atrás de mi trasero, salió una señora de pelo blanco, trenzas muy largas y en pollera.

  • Es mi abuelita, dijo Martin, ya la despertamos.

La señora se sentó, nos saludó muy educadamente y se puso a chupar del tú a tú con todos los presentes, un turno más para el vasito, pensé.

Yo no paraba de mirar la hora, las cajas de chelas frías seguían llegando y no nos dejaban pagar nada, son nuestros invitados decían.   En algún momento en que estaba viendo la hora Martin me ve y me dice, ya no mires el reloj, que, aunque está muy bacán no ganas nada. 

– Te gusta el reloj? Te lo regalo.

– No, estás loco, me contesto.

– No pasa nada, además ustedes están pagando las chelas y nos han recibido en su casa, acéptalo por favor.  No es gran cosa, pero si te gusta es tuyo.  Me lo quité y se lo di. Martin casi llora de la emoción.

Entre Chelas, juguito, puchos, valsecitos criollos, un par de Huaynos que me tocó bailar con la abuelita (obvio no se bailar Huayno), y varias rondas del mismo vaso, nos dieron las 6 de la mañana.

  • ¿Qué hora es? Le pregunto a Martin, él mira su reloj nuevo y me dice las seis y diez.

Ok, mil gracias por todo, nos vamos. Nos despedimos como si fuéramos patasas de toda la vida, y nos fuimos.

Llegamos a la casa de mi suegro, estaban todos preocupados, algunos ya se habían ido y los que quedaban se acordaron de nuestras mamás.

No precisamente por el día de la madre.

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