Categorías
Historias

Hotel de un millón de estrellas

¿Te gusta surfear?

-Me gustaba cuando era niño-, no me subo a una tabla hace muchos años. Más me gusta bucear.

-Conozco unas playas que tienen buenas olas. – Viene el fin de semana largo de fiestas patrias, vamos de campamento.

No tengo tabla, pero vamos.

-yo tengo dos- te presto una.

Tampoco tenía carpa, ni equipo de camping.

Fui a Costco y compré una carpa grande, colchones inflables, cocina a gas portátil y todos los suministros necesarios para pasar 4 días de campamento en la playa.

Éramos tres familias las que armamos el plan, la primera, una pareja sin hijos bastante más joven que nosotros, él era el surfer, la segunda pareja unos buenos amigos, también un poco más jóvenes que nosotros, ellos tienen una niña más o menos contemporánea con mis hijas y dos niños de la edad de mi hijo, la tercera pareja éramos nosotros con mis tres hijos.  Mis hijas tendrían 14 o 15 años, mi hijo 4 o 5 años.

Las fiestas patrias en México son en el mes de septiembre, temporada de lluvias.

Las playas a las que íbamos estaban a unos 250 kilómetros de Guadalajara, pero del lado de Michoacán, en el Pacífico. Mi amigo el surfer había ido un par de veces con otros amigos, pero solo por el día, nunca de campamento.

Llegó el día, nos subimos cada familia a su auto y nos fuimos, en algún momento llegamos a un desvío donde decía a la derecha Manzanillo, a la izquierda Michoacán, volteamos a la izquierda.

 Kilómetros después llegamos a la playa, nos ganó la noche, rápidamente escogimos un lugar resguardado por unas palmeras y una palapa (techito de paja) colocado por los lugareños.

Terminamos de armar el campamento y se arrancó una lluvia que parecía el diluvio universal, llovió esa noche lo que a Noé en 40 días.

Estábamos bien resguardados dentro de las carpas bajo las palapas, cuando vimos llegar un pequeño grupo de campistas que no tuvieron suerte de agarrar espacio bajo las palapas como nosotros, armaron sus carpas unos metros delante nuestro, al ver que las cosas flotaban dentro de su carpa decidieron también mojarse por dentro hasta altas horas de la noche, pero con tequila, abrieron una botella de tequila y después otra y otra.

Llovió hasta que amaneció al día siguiente.

Nos levantamos temprano, fue una mala noche, el aguacero, la bulla de nuestros remojados vecinos y los malditos jejenes que decidieron hospedarse en nuestra carpa sin pedirnos permiso. Fueron la cereza del pastel.

Empezamos mal el campamento en el hotel de un millón de estrellas y un millón de ronchas de jején.

La noche anterior con el apuro por armar el campamento no tuve oportunidad de ver la playa, era una pequeña bahía con unas rocas del lado derecho y un islote con una construcción rustica en el lado izquierdo.  El mar estaba movido, las olas venían reventadas desde atrás. 

Se ganó el surfer pensé. Se va a divertir.

Estábamos friendo unos huevos para el desayuno, cuando escucho desde la orilla la voz de una mujer que desesperada gritaba

– ¡Auxilio!, por favor ayúdenme, mi niño se ahoga-

 Miro al mar buscando al niño y lo veo entre las olas, corrí a la orilla, las olas llegaban y subían por la arena, formando una resaca muy parecida a la de la playa El Silenció, sin pensarlo mucho me metí al mar y empecé a nadar en dirección a donde más o menos había visto al niño. Pase algunas olas por abajo hasta que lo alcance.

 Me acerque, lo agarre de la cintura con un brazo, mientras que con el otro me ayudaba a flotar.

– cómo estas ¿sabes nadar bien? Le preguntó.

Era un niño como de 10 años.

-sí, me contesta, pero estoy cansado y asustado.

No te preocupes, vamos a salir.  Agárrate fuerte de mi cuello, vamos afuera despacio. Cuando vengan las olas las vamos a pasar por abajo, no te asustes, aguantas la respiración, y las olas nos van a ir empujando a la orilla.

Nos habían pasado por encima un par de espumas grandes, estábamos nadando despacio hacia la orilla, cuando veo tres tipos que venían nadando en dirección a nosotros. Qué bueno –pensé-, si me canso ellos me ayudaran a sacar al niño.

Llegaron donde estábamos, al verlos bien me di cuenta que eran mis vecinos de carpa, los borrachitos de la noche anterior.

¡Carajo! Con las justas puedo con uno, ni a patadas puedo con cuatro. Las olas nos reventaban en la cabeza, uno de ellos me dice déjeme sacar al niño, -ganas no me faltaban-, ya sentía que el cansancio se apoderaba de mí, pero la adrenalina era más fuerte.

No te preocupes, yo lo llevo hasta la orilla, vamos saliendo todos juntos.

Después de cada espuma que nos pasaba por encima yo sacaba la cabeza y contaba un borracho, dos borrachos, tres borrachos, el niño y yo, vamos por otra. No sécuántasfueron, en la orilla deje que una ola me empuje sobre la resaca y salimos.

Se me salía el corazón, pero estábamos bien.  Ya afuera entendí por qué estaba tan cansado, estaba con jeans camiseta y zapatillas.  Fue como 14 años atrás. Definitivamente traía mucho mejor condición física.

Pasaron algunas horas, estábamos en la playa tomando sol, cuando se aparecen un par de señores con sombrero vaquero, jeans, y botas.

-Usted es quien saco al niño del mar en la mañana?

-sí, le contesté.

– ¿cuánto le debo?

La pregunta se me hizo de lo más extraña.  -Nada- contesté, creo que cualquiera hubiera hecho lo mismo.

-Usted no es de por acá cierto? –

-No, – somos de Guadalajara.

¿Y cómo llegaron aquí?

Le conté la historia.

No deberían venir, esta zona es muy peligrosa, sus señoras y las niñas están muy guapas.

-Se me pusieron los pelos de punta. Había escuchado historias de mujeres que desaparecen y nunca las encuentran, nunca pensé que podría encontrarme involucrado en una situación de esas.

– No se preocupe, me dice el señor, usted salvo a mi niño de ahogarse, esos inútiles tendrían que haberlo estado cuidando y se la pasaron tomando toda la noche.

Como agradecimiento quédense tranquilos y disfruten del mar, nosotros los vamos a estar cuidando.

En ese momento entendí por qué los tres borrachitos resaqueados se metieron al mar atrás míoy porque insistían en ser ellos quienes rescataran al niño. 

Los Señores se despidieron y se fueron.

Como a las 4 de la tarde el cielo se pintó de nubes, el viento empezó a subir de intensidad y viendo que se avecinaba otra tormenta como la de la noche anterior, sumado al ¡no se preocupe, nosotros lo vamos a estar cuidando!, nos pusimos de acuerdo para levantar el campamento y emprender la huida.

 Estábamos en la desarmada de las carpas, cuando uno de mis compañeros de olas de la mañana se me acerca y me pregunta si nos íbamos, le dije que sí, que el clima estaba feo y que mejor nos regresábamos a casa.

-Un ratito, tengo que avisarle al Patrón, –  hace una llamada por teléfono.

Se hizo a un lado mientras hablaba con el Patrón y al ratito regresa y me dice: el Patrón quiere hablar con usted. Y me pasa el celular.

¡Oiga, dice el muchacho que se retiran! – me dice El Patrón por teléfono-,

Si, y le explicó que la lluvia, los jejenes y el mar tan bravo no estaban en nuestros planes de playa, obvie un par de cosas más, para no herir susceptibilidades.

Esperen un rato, por favor no se vallan.

¿Ahora qué?, -pensé-.

Veinte minutos más tarde llegaron dos autos, con lunas negras, se vuelve a acercar mi compañero de olas y me dice: ya se pueden ir, llegaron sus escoltas, ellos los van a acompañar hasta la autopista.

¡Gracias por ayudarnos! -Me dijo-, me estrecho la mano. Nos despedimos, y nos fuimos (escoltados).

Desde ese día no regresamos a ningún hotel de un millón de estrellas y la carpa nunca más volvió a ser utilizada.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s