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Nadar, no hacer nada, o morir en el intento.

Hace un par de años recibo una llamada por teléfono de un buen amigo.

  • ¿Qué vas a hacer las siguientes dos semanas?
  • Supongo que trabajar le contesto –
  • ¿No quieres subirte a bote? Vamos a navegar una semana por el caribe mexicano, de ahí vamos a Cuba y después a Miami, hay lugar.
  • Me encantaría, pero deja ver si mi señora me da permiso-
  • Tráela, nosotros vamos también con la familia.
  • Hice la consulta y el permiso fue concedido.

Mi plan (el de mi Señora y mío) era ir una semana al paseo por el caribe mexicano después bajarnos del bote y que ellos sigan su travesía.

Tomamos un vuelo a Cancún, nos embarcamos, tome muchas fotos, y nos pasamos una semana espectacular.

La semana se pasó rápido, el día anterior a nuestro regreso llegaron dos catamaranes más a unirse a su convoy hasta Miami.  No costó mucho trabajo que me convencieran para seguir una semana más en la aventura, mi señora no quiso quedarse, se subió al avión y se regresó.

Nos movimos con el bote a Isla Mujeres, y en lo que esperábamos que el tiempo este bueno para zarpar hicimos los preparativos y las compras necesarias para sobrevivir una semana o tal vez un poco más sin reabastecernos.  Para hacer más expeditas las compras nos dividimos la lista, me toco buscar donde llenar un par de balones de gas para la cocina del bote.  Mientras dos amigos de la tripulación y yo fuimos por el encargo, los demás movieron el bote y salieron a probarlo, decidimos encontrarnos al otro lado de la isla. 

Conseguimos el gas y fuimos al encuentro.  Estábamos en la playa, el bote anclado como a unos doscientos metros de la orilla, se veía bien cerquita.  Llamamos por teléfono para que manden el dingui por nosotros, pero no contestaban, después de un buen rato de insistir y no recibir respuesta decidí ir nadando y traer el bote salvavidas para recoger las cosas.

Mis dos amigos se quedaron en la orilla y yo me avente al mar. 

Empecé a nadar, al principio todo iba bien, llevaba unos 50 metros cuando una corriente me empieza a llevar, tranquilo – pensé- déjate llevar, tu flojito y cooperando, nunca contra la corriente, me acordaba de todas las frases que mi mamá y mi papa me enseñaron desde chico cuando vivíamos en La Punta (el mejor lugar para crecer y vivir), el mar nunca se cansa, tu sí, me acorde de algunas situaciones difíciles vividas en épocas cuando buceaba. 

Quizásla corriente va más fuerte por arriba y por abajo estámás tranquilo -de nuevo pensé- así que con mi short y sin aletas decidí incursionar en el nado submarino, me sumergí, abrí los ojos (como si pudiera a ver hacia donde iba!), y empecé a bucear,  si trazamos una línea imaginaria entre la orilla donde estaban mis amigos y el bote anclado, al principio yo estaba dentro de esa línea nadando, pero cada vez que subía a la superficie por aire y miraba a tierra donde habían quedado mis amigos y del otro lado donde estaba el bote anclado me daba cuenta que ya no estaba en la línea, sino que yo marcaba un tercer punto, imagínense un triángulo en el que yo era uno de los vértices que cada vez se alejaba más de los otros dos.  La corriente me llevaba mar adentro cual rio enfurecido, los putos ojos me ardían, pero yo seguía abriéndolos abajo del agua, después de repetirme unas mil veces que las corrientes marinas en algún lugar desaparecen y te abandonan, que lo que hay que hacer es flotar y no cansarte, empecé a oír otra voz en mi cabeza, esta decía todo lo contrario: Te vas a ahogar! Me gritaba la cabrona, eres un estúpido, te hubieras quedado en la orilla, ya estas viejo, gordo y no tienes entrenamiento para esto.

Es increíble lo que el subconsciente te puede hacer, de estar tranquilo flojito y cooperando, dejándome arrastrar por la corriente, esperando que me suelte, cosa que no sucedía, y a medida que mis ardidos ojos veían cada vez más lejos la orilla y el bote anclado, el corazón me empezó a latir a mil por hora, la otra vocecita, la buena y tranquilizadora casi no se oía, así que decidí nadar contra la corriente, grave error. El cansancio me mataba, la puta corriente no se apiadaba de mí, y la maldita voz seguía diciéndome te vas a morir, te llego tu día. 

Creo que no hay nada más rápido en el universo que los pensamientos, de la cantidad de ideas que me pasaron en ese momento por la mente me acuerdo de algunas: ¡eres un imbécil! es la más importante, ¿que estabas pensando?, ni siquiera van a encontrar tu cuerpo si te ahogas, no voy a ver más a mis hijos ni a mi mujer.   De pronto escuche la voz de mi Papá, me volvió a repetir lo que desde chico me enseño, relájate, el mar no se cansa, ponte a flotar boca arriba y déjate llevar, descansa. 

Estaba ya “al garete” todo panzón cual ballena muerta flotando a raudas velocidades sobre la superficie marina, cuando de la nada aparece un bote que no había visto antes –por queestaba  anclado muy lejos-,  no había tripulantes en la cubierta, no estaba en la dirección en la que la corriente me arrastraba, así que decidí seguir haciendo lo que estaba haciendo: Nada.  Bueno realmente estaba flotando no nadando.  Quería recuperar fuerzas y no tragar agua salada.

De repente veo que alguien aparece en la cubierta y mira hacia donde yo estaba, así que levanto la mano y empiezo a moverla en el aire, la persona de la cubierta levanta el brazo me saluda y sigue haciendo lo suyo.  Carajo! Cree que lo estoy saludando! Tenía que hacerle entender que no era un bañista disfrutando de una amena y tranquila tarde de natación en el mar, así que me puse a mover los brazos como loco, con uno hacía como que movía una bandera y con el otro me pasaba la mano por el cuello como cortándomelo, conseguí llamar su atención y el buen samaritano – a quien le debo la vida- bajó su tabla de paddle al agua y le pidió a su capitán, que en lo que el venía por mi baje el dingui para recogernos.

Llego hasta donde yo estaba y ya seguro y bien aferrado a la tabla me preguntó que qué mierda hacia yo ahí, me dijo que cuando recién me vio pensó que estaba nadando y que traía aletas, que por eso al principio ni se inmuto.   Le conté como fue el asunto y me pregunto a qué bote era al que quería ir, al “Otro Plan ” le dije.  Ah mañana vamos a zarpar juntos, solo que yo voy directo a Miami y ellos van a pasar por La Habana. En eso llega su capitán en el bote salvavidas y me llevan a mi destino inicial.

Conforme nos acercábamos al “Otro Plan” se escuchaba cada vez más fuerte la bulla de la música, entendí por qué no nos contestaban el teléfono.  Al verme llegar en el bote salvavidas de otro velero, y después de agradecer a tan noble alma por haberme rescatado, los canallas de mis amigos en vez de preocuparse por mi salud se empezaron a burlar, ¡no que muy nadadorcito!, buzo, que naciste y creciste al lado del mar, etc., etc., etc.

Lección aprendida, nunca más. (sin aletas).

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