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Las malas influencias.

¡Tía! ¡Déjame entrar!  – dice totalmente agitado- uno de mis primos putativos.

Pasa, le dice mi Mamá, – ¿por qué vienes tan agitado? –

-Es que me persigue la policía – contesta él.  Tenía 13 años.

-La policía? ¿Qué has hecho? 

-Una travesura muy grande y me quieren llevar a la comisaria. –

A ver cuéntame.

Y se arranca con la historia.   Un par de días antes, acababa de oscurecer. 

Parábamos en La Esquina, un lugar apacible y tranquilo, la esquina de Palacios y Bolognesi.  Éramos un grupo de unos 12 o 15 amigos, casi todos vivían a 1 o 2 cuadras de distancia de “la esquina”.

Era un lugar estratégico, estábamos cerca de las tiendas, el mercado, el chifa, el chino Carlos, Bertha, la farmacia, y a una cuadra del Cantolao, donde también nos juntábamos en “la Banca”.  Del otro lado en la otra esquina, camino a mi casa estaba la tienda de Borja. 

El señor Borja si no te conocía no te atendía. Si entraba alguien que no conociera lo mandaba a comprar a la farmacia. Era un personaje.

Es un barrio pequeño, como la canción, un hermoso pueblito con mar.  Como en todas partes los jóvenes se agrupan, generalmente por edades, lo que no impedía que amigos o primos mayores o menores que no eran de tu grupo habitual se juntaran a pasar un rato con otro grupo, una gran familia.

El chifita, era pequeño, con unas mesitas adelante y la cocina atrás.  Afuera de la puerta, una reja, de esas que se enrollan en la parte alta de la fachada y que se aseguran por fuera con un par de candados al piso. 

Al propietario, a quien mis amigos no querían mucho, le decían el Sonrosado.

-Tía no fue mi idea- le dijo a mi Mamá.

También le dijo que la idea macabra vino de un amigo de esos, unos 5 o 6 años mayor que nosotros, y que tenía un apodo singular que no recuerdo bien.

Este amigo, siempre tuvo ideas – “de avanzada “- tal vez no eran malas para su edad, pero nosotros éramos bastante más niños, cuando tienes 13 o 14 años y tu amigo tiene 19 o 20 se nota mucho la diferencia de edad. Gracias a su Dios y a su iglesia este amigo enderezo su camino.

-Ya estaba por irme a casa esa noche-, siguió contándole a mi Mama´.  

Era diciembre, época de venta de cohetes y cohetones ratas bancas.

Llegó este amigo mayor, que por alguna razón estaba muy enojado con el Sonrosado, y lo convence de perpetrar la Vendetta.

-Ya solo queda una mesa con gente, -le dice-, vamos a jugarle una broma pesada a Sonrosado.  -Acá tengo unas ratas blancas que compré en la puerta del mercado en la tarde-. Ve y traba la reja con este pedazo de alambre.

MI primo así lo hizo, sin pensar en las consecuencias.

-El otro prendió una sarta de ratas blancas y la aventó por entre las rejas al interior del restaurante, el sonido de las explosiones y el humo de los cohetes hicieron que mi primo salga corriendo del susto.

Nadie salió herido ni lastimado. De un buen susto no pasó.

Una Vecina, Mamá de otros amigos que paraban en la esquina vio a mi primo al momento que amarraba el alambre en la reja, y de manera responsable, le dijo al Sonrosado quien había sido.

Sin embargo, la Señora no vio quién fue el que realmente perpetró el acto terrorista, ni sabía quién era el cerebro atrás de la operación, en esa ocasión mi primo fungió de Pinky.

El dueño del restaurante puso una denuncia en la policía con nombre y apellido, en el barrio todos se conocían.

Fue el patrullero a buscar a mi primo a su casa, -no estaba-, mi Tío sí.   Cuando los policías le contaron porque lo estaban buscando, el les dio su autorización para que a manera de lección lo llevaran y dejaran guardado en una celda esa noche.

Cuando la patrulla llegó para aprehenderlo a la esquina, mi primo cual Pedro Navaja, corrió los 150 metros más rápidos de su vida, casi como yo cuando tenía que llegar antes de la hora límite a mi casa, -las ocho de la noche-, y como preso político solicitó refugio.

Llegó la patrulla y tocaron el timbre, mi Madre llama a mi Tío por teléfono, y este le dice que por favor deje que se lo lleven.  -sin tener otra alternativa- mi mamá así lo hizo.

Recuerdo a mi primo putativo empujado por un par de policías, enmarrocado con las manos en la espalda, recuerdo como le agachaban la cabeza con la mano al momento de entrar al viejo Dodge Coronet blanco y negro, para que no se pegue con el marco de la puerta de la patrulla.  Era solo un niño de trece años, mal influenciado por un grandulón que andaba impune por las calles.

Lo llevaron a la comisaria y en lo que hacían el acta lo sentaron en una salita.  Le dieron ganas de ir al baño, pidió que le quitaran las esposas.

En esa comisaria nunca pasaba nada, los pobres policías vivían muy aburridos, salvo en época de carnavales.

Fue al baño, y cuando salió no había nadie, el cuarto donde guardaban las armas estaba abierto, a mi primo le dio mucha curiosidad, entró a la habitación y en una vitrina sin llave ni candado estaban las llaves de la patrulla, varios revólveres, y unas cajas con balas calibre .38, no había muchas, el presupuesto asignado a esa comisaria era poco.

Voy a agarrar una y me voy a vengar, pensó, ideo un plan, el primer paso era ir al chifa, después le haría una visita a la vieja soplona y luego a la casa de este amigo que seguramente estaba escondido pensando que mi primo lo delataría, Después tiraría la pistola al mar desde el muelle de la Canottieri, para que se pierda en las gélidas aguas del Cantolao.

Obvio, la idea no era matarlos, -jamás le paso eso por la cabeza-, era un niño de trece años.  Solo quería darles un buen susto.

Mientras tanto, los policías seguían reunidos en la oficina del Capitán.  Mi primo nunca había visto un arma, no sabía cómo agarrarla, menos cargarla, estaba pensando si su idea sería lo mejor que podría hacer, estaba muy asustado, pero también enojado.

De pronto entraron en la habitación la cordura y la razón, mi primo las vio, el enojo se escapó, él seguía asustado, escuchó a sus nuevas compañeras de cuarto y influenciado por ellas, no tomó ningún arma, si las llaves de la patrulla, decidió huir, salió a la recepción de la comisaria, no había nadie.  Salió a la calle.

La patrulla estaba en la puerta, él ya sabía manejar, no lo podían perseguir, en esa comisaria solo había un vehículo.

La pensó dos veces, estaba a punto de subirse al Dodge, llegó prudencia y le dijo que no lo hiciera, el le obedeció, tiro las llaves en la puerta de la comisaria y dice que corrió, que en Gálvez doblo a la izquierda y en el malecón Wiese salto al terral, fue hasta la orilla de la posa de la arenilla, casi rampando como Rambo, mimetizándose con las piedras, se puso algunas algas malolientes en la cabeza y los hombros como camuflaje, y avanzó en la fuga.

Algunas cuadras más tarde llego a la casa de su abuela, donde tras un buen baño, consiguió asilo y refugio.   Estuvo un par de días oculto.

Paso algún tiempo, las aguas ya se habían calmado, iba mi primo camino a mi casa, casi llegando a la esquina de Borja, cuando una camioneta pickup vieja se detiene a su lado, era ni más ni menos que el Sonrosado Junior, -el hijo del señor del chifa-,  al ver que la cosa se ponía color de hormiga rosa, mi primo se arranca a correr, Sonrosado Junior enfurecido saca una llave de ruedas de esas en cruz, y cual autóctono australiano cazando canguros con el boomerang, se la avienta por la cabeza.

No le atinó a él, si a una camioneta Volkswagen Variant crema que estaba estacionada y a la que le rompió uno de los vidrios.

Desde ese día mi primo aprendió a caminar mirando para atrás. Y a no hacer caso a las malas influencias.

Nota: muchos, de los sucesos y personajes en este cuento son falsos, inventos y/o exageraciones de un nimio caso de la vida real.

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