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LUNA DE MIEL EN JAMAICA

Enero del año 1990, Kingston Jamaica, llegamos en un vuelo de Lima a Miami y de ahí tomamos la conexión al país del reggae, los rastas y el ron.  Nos faltaban aun por recorrer casi 5 horas en auto, una incómoda camioneta combi de los ochentas, para llegar a nuestro destino, el hotel Sandals en Negril, exactamente en la punta opuesta de la isla. 

Cuando hice la reserva para la luna de miel, nunca me preocupé del tiempo que tomaba llegar desde el aeropuerto hasta el hotel.   De haber sabido que la travesía duraba 5 horas por un camino feo y con la peor viajera terrestre que existe -al Cesar lo que es del Cesar-, hubiera elegido otro destino.

Curvas, mareo, vómitos fueron la constante del viaje.  No fue la primera vez, ni la última.

Llegamos al hotel, nos hospedamos en un lindo bungalow, una casita frente al mar, las palmeras, la arena blanca y la mar verde-esmeralda nos hicieron olvidar la pesadilla del viaje terrestre para llegar al paraíso.

En esa época mi deporte favorito era la caza submarina, tenía buena condición física.

-Amor, voy a bucear un rato-

-Ok, ten cuidado, yo voy a seguir acá tomando sol.

-No te preocupes-.  pedí un par de aletas, una máscara, un snorkel y me metí al mar.

A unos 50 metros de la orilla había una soga con boyas y con una red.  

Por seguridad no estaba permitido salir fuera del área cercada, no era muy profundo, dos o tres metros como mucho.

El fondo del mar dentro del cerco era igual a la arena de la playa, pero lleno de vasos, latas y botellas de refrescos vacías.  Me aburrí de ver el mismo paisaje y decidí saltar el cerco y nadar mar adentro.  

Nadé casi unos cien metros atrás del cerco de boyas, hasta que encontré una roca sumergida grande y plana, -como una mesa muy grande-, como a unos 10 metros de profundidad, me sumergí y al meter la cabeza dentro de un hueco en la base de la roca me encontré el paraíso de las langostas, había unas 40 o 50 de todos los tamaños.  No tenia un arpón ni una red para atraparlas, así que me estuve divirtiendo un rato viendo los bichos en su medio ambiente.

Llevaba ya un buen rato ahí, cuando veo venir una pequeña lanchita de pescadores locales con dos tripulantes, el capitán, un moreno autóctono flaco, y su señora, una morena bastante más robusta que él, ambos con las cabezas llenas de trenzas, -unas marañas de pelos enredados-. 

Se acercaron donde yo estaba y me dicen en inglés:

-Por 20 dólares te llevamos a los reefs a ver peces de colores y corales.

-Yo por 20 dólares te enseño el paraíso de las langostas- les contesté.

– ¿Hay langostas aquí abajo? – me pregunta el autóctono pescador.

-Sí, pero no tengo como atraparlas-

¡No problem! Me dice y me muestra un palo de escoba con un pedazo de cámara de auto cortada en forma de tira que tenía ambos extremos clavados en una de las puntas del palo, en la otra un clavo grande con la punta afilada.  Era el arpón hawaiano mas burdo que había visto en mi vida.   El moreno se puso su mascarilla de bucear y se aventó al agua con su pseudo arpón.

-Está muy hondo- me dice.

– ¡No problem! – le contesto, dame a mí la escoba y yo las cazo.

Así hicimos, al principio fue fácil, las langostas estaban confiadas y saque unas 8 o 10, pero después de un rato ya no salían de su escondite, razón por la cual yo me echaba encima de la roca a esperar que asomaran para arponearlas, si hubiera tenido una linterna habría sido mas fácil, pero eso si era como pedirle peras al olmo.  También cacé un par de peces, parecían meros chicos.

El flaco no podía creer que aguantara “tanto” rato abajo del agua, yo me reía, si conocieras a Luciano Barchi o a Ángel Mínbela sabrías lo que es aguantar la respiración en serio le dije. 

Esos si eran buzos de verdad.

Estuvimos como una hora pescando y conversando.  Cuando tuvimos un par de docenas de langostas en el bote, me invitaron a comerlas a su casa, les dije que estaba con mi señora en la playa y que no quería que se quedara sola.

-Vamos por ella- me dijo la Doña.

-Le voy a preguntar, acérquense a las boyas.

Me acercaron y nadé hasta la orilla. 

– ¿Qué encontraron? Me pregunto mi señora que hacía rato me estaba chequeando.

-Me hice amigo de unos pescadores de la zona y hemos sacado unas langostas, y un par de meritos, nos están invitando a su casa a cocinarlos y comerlos, ¿vamos?, hay que nadar hasta su bote, ellos nos llevan y después nos traen de regreso más tarde.

-Me da flojera, acá estoy bien, si quieres anda tu.

Ok.  En un par de horas regreso. Y me fui.

Nadé de regreso a la lanchita y me fui con ellos.

-Navegamos como unos quince o veinte minutos.

En el camino pasamos un par de hoteles para nudistas, Hedonism II me dijeron los pescadores que se llamaba el lugar -nunca vi tantas viejas y viejos gordos feos y calatos juntos-.  Hoy veo uno todos los días en el espejo cuando salgo de bañarme en la ducha.  

Pasamos algunas playas vírgenes, y conforme nos alejábamos de mi hotel yo me ponía un poco más nervioso, hasta que finalmente llegamos a una aldea de 10 o 12 chozas de palos con techos de ramas de palmeras y algunas hamacas debajo.

Al vernos llegar, los amigos y familiares de mis amigos pescadores, casi vestidos solo con taparrabos, se empezaron a acercar al bote a ver la pesca.

-Que bueno que mi señora no quiso venir- Pensé.

Me acorde de un libro de historia que leí tratando de culturizarme antes de ir a Jamaica donde hablaban que fue invadida antes de la llegada de Colon por los “Caribes” una tribu de caníbales del noroeste del amazonas, de sud América,  ” —el médico Álvarez Chanca en 1495 expresó  lo siguiente: “Los hombres que pueden hacer, los que son vivos llévenselos á sus casas para hacer carnicería dellos, y los que han muertos luego se los comen”—  ojala estos no sean sus tátara tátara nietos pensé.

-No les llama mucho la atención las langostas, ¿por qué me miran tanto? –   Aluciné que los miembros de la tribu frotaban las manos y se relamían al verme cual si fuera yo su plato de fondo.  ¡Estos me quieren comer!, me empecé a poner paranoico, como vine a parar a esta tribu de caníbales, nunca aprendes, estaba casi seguro que en alguna de esas chozas había un perol gigante sobre una fogata de troncos, con unos cocos y agua para poner a cocinar el plato de fondo: Aguadito de peruano con langostas.

Van a echar a perder las langostas, ojalá me cocinen como al sapo del cuento – pensé –; Que empiecen con agua fría para que la muerte sea lenta, pero feliz.

Nunca vi al gran jefe de la tribu ni al brujo con sus máscaras y maracas.   Solo gente amable.

Hoy que lo recuerdo me rio, pero en serio en el momento que llegué a la playa donde vivían quise salir corriendo. 

Cocinaron las langostas, junto con los pescados que sacamos, me invitaron un par de rones muy buenos de sabe dios que marca jamaiquina y me regresaron entero sano y salvo a mi hotel, muy agradecidos por haberles proporcionado la comida del día.

Esa tarde, mi señora y yo, ya en nuestro nidito de amor, después de una gran faena, estábamos echados en nuestro lecho nupcial, completamente desnudos.  Debido a nuestros quehaceres luna mieleros no nos habíamos dado cuenta que el aire acondicionado sobre la cabecera de nuestra cama, había sido retirado silenciosamente, y que en su lugar estaba la cabeza de dos trabajadores autóctonos, del área de mantenimiento del hotel mirándonos.  Quien sabe cuánto rato tenían ahí.

– ¡Sorry! Nos pidieron que revisáramos el aire acondicionado y pensamos que estaba vacía la habitación- nos dijeron al ver que nos habíamos percatado de su presencia. 

Estoy seguro que habían visto a la mujer más bonita que había en Jamaica, en la playa, solita durante el día, y que fueron a curiosear. 

Al día siguiente cuando caminábamos rumbo al buffet del desayuno los empleados del hotel nos miraban y sonreían cuchicheando entre ellos.   Nosotros nos sonrojamos.

Muchos años después, -ya viviendo en México-, en una reunión le contamos la anécdota a unos amigos mexicanos, ellos nos contaron que también fueron el mismo año de luna de miel al mismo hotel, y que cuando cumplieron 10 años de casados decidieron regresar a recordar buenas épocas. 

-Mi vida, pon la tele a ver si hay algún canal porno para inspirarnos- le dice él a ella, estando ya instalados en su habitación.

– ¿Estás seguro? – no es necesario, pero si insistes, -no se hizo de rogar ella.

Prendieron la tele, encontraron el canal con las películas que estaban buscando, y cual seria su asombro al ver que, en uno de los shows porno, ellos eran los actores principales. Solo que con diez años menos. Tal vez a nosotros también nos filmaron y sin saberlo somos actores porno famosos.

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